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LECCIÓN   4.12

Los karismas animan y santifican a la iglesia
 
Los karismas son fuerza y vigor para la iglesia. Mantienen la llama de fuego (1 Tesalonicenes 1:8) en los creyentes, para que ejerzan adecuadamente el desempeño del ministerio salvífico de Cristo.
 
La labor ministerial en la iglesia exige responsabilidad y buen testimonio, para ánimo de los fieles y signo vital ante el mundo. Con acciones y palabras, orando y sufriendo, la iglesia se fortifica, no se detiene, sigue caminando, por medio de los karismas.

Por los karismas es que la iglesia siempre está abierta al amor, a la aceptación de todos y al compartir todo. A través de los karismas, alcanza, llama, reconcilia, nutre, forma y envía en nombre de Jesucristo, a cumplir con la misión de reconciliarnos con Cristo:
 
"Y todo esto es un regalo de Dios, quien nos trajo de vuelta a sí mismo por medio de Cristo. Y Dios nos ha dado la tarea de reconciliar a la gente con él. Pues Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, no tomando más en cuenta el pecado de la gente. Y nos dio a nosotros este maravilloso mensaje de reconciliación. Así que somos embajadores de Cristo; Dios hace su llamado por medio de nosotros. Hablamos en nombre de Cristo cuando les rogamos: ¡Vuelvan a Dios!" (2 Corintios 5:18-21).
 
Para poder cumplir la tarea que nos encomendó Jesucristo, de reconciliar a la gente con él, se necesita la presencia de los dones de Dios. Nadie podría ser excelente emisario y buen mensajero de Cristo, si no es por la labor del Espíritu Santo.
 
Los karismas son el signo de vida de la iglesia. Cuando están presente los dones, talentos y los frutos, es que se puede cecir que estamos respondiendo a los cuestionamientos de las personas quebrantadas de espíritu, mente, emociones, voluntad y cuerpo.
 
Los dones son bendición. Por los karismas la iglesia es sacramento de Dios, que imparte las buenas nuevas de la gracia de Dios, que salva y sana a toda persona.
 
Los karismas animan y santifican a la iglesia, para convertir a los creyentes en ministros de la iglesia. Esta animación y santidad, no se logra por la simple labor humana de los líderes, sino por el poder y los dones del Espíritu santo, que son derramados en todos los creyentes.
 
Los carismas, ya sean extraordinarios o sencillos, sorprendentes o cotidianos, siempre están ordenados al perfeccionamiento de la Iglesia. Animan con vigor físico y espiritual a la iglesia, para ser testimonio ante el mundo.
 
Los karismas producen vitalidad al servicio activo de la iglesia. Promueven la santidad entre todos los miembros, iniciados en el bautismo, que integran el Cuerpo de Cristo. Los karismas son la presencia viva y actuante del Espíritu Santo en cada fiel creyente.
 
Aunque la iglesia es una institución visible, activa en obras y palabras, es en esencia una fuerza espiritual. Dios es espíritu (Juan 4:24), es amor (1 Juan 4.8), es invisible (Colosenses 1:15).
 
Nosotros hacemos parte de la naturaleza de Dios, por lo tanto somos espirituales. Es decir hemos sido liberados por el Espíritu Santo de la corrupción física:
 
"Debido a su gloria y excelencia, nos ha dado grandes y preciosas promesas. Estas promesas hacen posible que ustedes participen de la naturaleza divina y escapen de la corrupción del mundo, causada por los deseos humanos" (2 Pedro 1:4).
 
Por los karismas, el Espíritu Santo nos hace espirituales:

"Pues su Espíritu se une a nuestro espíritu para confirmar que somos hijos de Dios" (Romanos 8:16)

Siendo ya espirituales, vemos y podemos vivir la restauración del paraíso. Experimentamos desde aquí el Reino de los cielos y vivimos la adopción filial.
 
En el espíritu tenemos confianza para llamar a Dios Padre (Gálatas 4:6) y de participar en la gracia de Cristo (Romanos 5:2), de ser llamado hijo de la luz (1 Tesalonicenses 5:5) y de tener parte en la gloria eterna (1 Pedro 5:3).
 
Por los karismas, el Espíritu Santo nos hace santos en el amor:
 
"Y esa esperanza no acabará en desilusión. Pues sabemos con cuánta ternura nos ama Dios, porque nos ha dado el Espíritu Santo para llenar nuestro corazón con su amor" (Romanos 5:5).
 
El Espíritu Santo, mediante sus dones, nos devuelve la imagen y semejanza divina, que se había perdido a causa del pecado. El amor divino es el principio de la vida nueva en Cristo.
 
El Espíritu santo es nuestra nueva vida, que hace posible que nos convirtamos en los testigos de la redención de Cristo, por la fuerza y el poder del Espíritu Santo (Hechos 1:8).
 
Por los karismas, el Espíritu Santo nos hace servidores aptos para el ministerio:

"No es que pensemos que estamos capacitados para hacer algo por nuestra propia cuenta. Nuestra aptitud proviene de Dios. Él nos capacitó para que seamos ministros de su nuevo pacto. Este no es un pacto de leyes escritas, sino del Espíritu. El antiguo pacto escrito termina en muerte; pero, de acuerdo con el nuevo pacto, el Espíritu da vida" (2 Corintios 3:5-6).
 
Nuestra labor ministerial es fructífera (Juan 15:8), porque el Espiritu Santo es el encargado de traer las almas a la iglesia, junto con el Señor, para que sean salvas (Hechos 2:42).
 
La iglesia es la encargada de extender el ministerio de Dios. Animada por el Espíritu Santo es el signo de la presencia de Cristo en el mundo. mediante los karismas cumple su misión.
 
El Espíritu Santo nos habita en nuestro interior. Es quien nos inspira, nos regala dones, con su gracia y sus carismas nos guía, para que prestemos el servicio a quienes esperan recibir a Cristo. Nuestra labor en regalar, ofrecer y compartir gratuitamente, lo que hemos recibido gratis (Mateo 10:8).
 

Décimo tercer Examen:

¿Para qué los karismas animan y santifican a la iglesia?
 
Opción 1 Para convertir a los creyentes en ministros de la iglesia.
Opción 2 Para que la iglesia conserve el liderazgo vivo y eficaz.
Opción 3 Para unir a creyentes y no creyentes en un solo pueblo.
Opción 4 Para regalar, ofrecer y compartir gratis los dones de la fe.